Habrán Desiertos: inspirado en mi vida real

10153121_10152085397003785_3084392623758121712_nHubo una vez un hombre que caminaba por el mundo como cualquier otro hombre, se reía y a veces lloraba, pero sus lagrimas encontraban consuelo rápidamente, ya que al momento encontraba una cosa en que pensar… ese hombre camino por el mundo con aparente rumbo fijo… hasta que un día llego al desierto, y cuando menos lo pensó se encontraba en él… inmerso. Los puntos cardinales parecían desaparecer en aquel lugar… solo arena… este hombre caminaba, y caminaba… no se daba cuenta si caminaba en circulo o el desierto cada vez se hacía más largo y ardiente… llego la sed… y con ella el cansancio… la angustia se apoderó y empezaron los reproches de porque se había adentrado en este desierto… maldecía una y otra vez, y lo hacía así mientras caminaba… y cuando alguna esperanza parecía verse en algún lejano horizonte, la realidad de un espejismo desviaba mucho más su camino. Llegó la noche… y una noche en un desierto no es cualquier cosa… y mucho menos esta, en la que parecía que ni las estrellas estaba allí para consolar su camino… ni una, ni la coqueta luna que antes lo acompañaba cuando en algún momento alzaba sus ojos y se maravillaba de su grandeza… hoy no, este desierto estaba vacío, a excepción del viento y la arena que rasguñaba sutilmente la piel… maldecir a esta altura ya se había hecho tan repetitivo que ya ni valía la pena hacerlo de nuevo, pensaba. Así que por un momento cayó… solo se escuchaban sus pasos arrastrados por la pesada arena… y el fuerte murmullo del viento que de vez en vez azotaban su cuerpo. Es en el desierto donde nos despojamos obligatoriamente de nuestras cargas, donde si o si tenemos solo que avanzar, para no dejarnos morir abandonados y que los pájaros y las serpientes se apoderen de un cuerpo desmoronado. Avanzar… despojándonos de nuestras miserias, de nuestros apegos, de nuestro ego, porque es allí donde daríamos cualquier cosa por un vaso con agua, incluso si el vaso no esta tan limpio como solíamos exigir, o si no esta tan fría como era nuestra preferencia… era el desierto, y allí no hay nada… solo un hombre caminando en medio de la oscura noche, dejando en las huellas de sus pasos un poco de ese hombre que era antes de entrar en ese desierto… es el desierto el que nos trae recuerdos de niños, y nos lleva a anhelar esos días en los que las cargas no eran tal… tiempos en los que el alma está totalmente despojada y lo único que importaba era que amaneciera para iniciar una nueva aventura… así que el hombre lloro… y lloro porque empezó a darse cuenta que tal vez no saldría de ese desierto… y que moriría allí, sin que a nadie le importara.. sin embargo desde el fondo había un gozo que empezaba a aflorar inexplicablemente, un gozo de haberse despojado y traer consigo esos recuerdos de un niño aventurero que no tenia pasado ni mucho menos futuro, de un niño que lo único que esperaba era que saliera el sol para vivir esa nueva aventura… de repente el llanto fue siendo reemplazado por una canción… una canción que le cantaba si madre en la cuna en esas noches de llanto inexplicable y que le acunaba delicadamente hasta que por fin dormía, esa canción había resurgido de los más intimo de su corazón y sonrió… y se dio cuenta que lo único que podía hacer en este oscuro desierto era cantar y sonreír, de esta manera el corazón recibía como una especie de combustible y lo alentaba para seguir…. Al punto de que ya el desierto no era una carga… y bendecía y agradecía a Dios por haberlo llevado allí. En este mismo momento una leve brizna rozo su cara… sintió la mano de Dios que suavemente quietaba algunos granos de arena que se habían pegado en su cara mientras lloraba. Una extraña sensación lo estremeció, alzo su rostro y empezó a ver como el cielo estaba colmado de estrellas y se dio cuenta que hacía mucho tiempo no miraba al cielo y tal vez cuando lo hacia sus lagrimas y sus ocupaciones le habían mantenido distraído de aquel paisaje nocturno. Entonces canto con más fuerza y con más alegría… El día comenzó su ritual… la luz mostraba un desierto como jamás… la ciudad apareció, allí, escondida tras una duna. No lo podía creer. Se emociono y quiso correr, pero un pensamiento lo detuvo, quería agradecer a ese desierto del que tanto había aprendido, cuando volteo para decirle adiós, vio que sus huellas dejadas en la arena marcaban que había dado círculos toda la noche al lado de la ciudad. No lo podía creer… se dio cuenta que mirar sus pasos le habían impedido ver al frente… sus rodillas se doblaron y dio gracias a Dios.
Dios nos pone para que caminemos en un desierto, es parte de la vida, y hasta que no sepamos para que nos puso allí, tendremos que vagar 40 días o tal vez 40 años… todo depende de cuánto tardes en alzar la cabeza y ver las estrellas..

Bendiciones!

Fer FrancoZ